Saturday, April 19, 2008

Moral de laico

Moral de laico
Creo que era la página 15 del diario El País del día de ayer, la que recogía este artículo de Francisco Laporta que muy acertadamente me recomendaron y que, por continuar con el trazado de determinada línea imaginaria que muchos seguimos, me pareció interesante con vistas apaciguar las ansias lectoras de los que visitais este pequeño hueco. Espero que os aporte algo.

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La complicidad de tantos prelados y fieles con el capitalismo más despiadado, las dictaduras más inmundas o los nacionalismos más excluyentes no impiden que culpen de todo a los que no creen en religión alguna.
FRANCISCO LAPORTA 04/04/2008

Empieza a ser irritante el tono de superioridad moral con que muchos de los fieles de cualquier confesión o credo y las jerarquías religiosas que los propagan han dado en mirar a quienes adoptan ante la convivencia civil y la enseñanza una postura agnóstica y laica. Ahora insisten en ello las autoridades católicas, con Joseph Ratzinger a la cabeza y los obispos españoles haciendo de coro repetitivo de sus manidas orientaciones morales. Igual que los de cualquier otra antigualla religiosa, vuelven los católicos a la cantinela de que la familiaridad con la ética y las exigencias de la moral son una prerrogativa de los creyentes de la que probablemente carecen aquellos que no comulgan con fe religiosa alguna.
Resulta asombroso contemplar cómo se ignora la evidencia de que una parte no menor de los grandes desastres morales de que hemos sido testigos durante años y años se ha producido en nombre de creencias religiosas o ha sido provocado y alentado por quienes decían obedecer tales convicciones. Y no menos sorprendente es admirar -porque es, en efecto, algo tan paradójico que es casi admirable- la facilidad con la que esos credos se armonizan con prácticas políticas y económicas de las que sabemos con toda certeza que -ésas sí- son la causa del dolor, la pobreza y el sufrimiento de millones de seres humanos, es decir, de la gran inmoralidad contemporánea.
La complicidad de tantos prelados y fieles con la apoteosis del libre mercado, las dictaduras más inmundas o los nacionalismos más excluyentes son ejemplos bochornosos de esa paradoja. Y sin embargo los únicos que parecen responsables, los únicos a quienes se reputa de inmorales, son los que han renunciado a guiar su vida o su conciencia civil por creencias de esa naturaleza. Ante tal argumento perverso me propongo reivindicar la superioridad moral del laico sobre el creyente.
Con esta nueva monserga integrista se nos quieren escamotear de nuevo más de dos siglos de pensamiento. Por poner un nombre: en 1793 empezaba Kant su prólogo a la primera edición de La religión dentro de los límites de la mera razón con una afirmación que, digan lo que digan, es ya incontrovertible: “La moral no necesita de la idea de otro ser por encima del hombre para conocer el deber propio ni de otro motivo impulsor que la ley misma para observarlo”. Para decirlo claro: la moral no necesita de la religión; se basta a sí misma, sin esa clase de andaderas, porque tiene un sustento suficiente en la racionalidad humana. Este elemental punto de partida sirve para definir lo que puede ser la moral de un laico frente a esa otra moral necesariamente débil y vicaria que es la moral del creyente.
Lo que triunfa con el impulso ético ilustrado, la tolerancia religiosa, y la separación Iglesia-Estado, es la idea de la esencial igualdad moral de los seres humanos al margen de sus convicciones religiosas; la idea de que no es la religión lo que confiere su calidad moral a las personas, sino una condición anterior que no es moralmente lícito ignorar en nombre de religión alguna y que no debe ceder ante consideraciones de carácter religioso. Esa igualdad constituye el núcleo de la ética contemporánea, y con ella también de toda política justa, porque exige del poder que no haga distinciones en la estatura moral de sus ciudadanos.
Y esa idea de dignidad humana que sustenta todo el edificio de la moralidad laica se funde con la noción de autonomía de la persona como capacidad de conformar en libertad y a partir de sí las convicciones morales y los principios que han de presidir el proyecto personal de su vida. A esto, algún documento episcopal reciente lo ha llamado “deseo ilusorio y blasfemo” de dirigir la vida propia y la vida social, mostrando así de nuevo que, aunque se condimenten ahora con la salsa fría del libre mercado, ser católico y ser liberal siguen siendo dos menús incompatibles.
Pues bien, esa dignidad de ser moralmente autónomo se le confiere a toda persona humana en condiciones de plena igualdad, de forma que si es una blasfemia, es la blasfemia que sustenta todo ese pensamiento ético, y se expresa en ciertas exigencias morales que el pensamiento religioso, de cualquier clase que sea, dista de haber asimilado bien. La religión y su sedimento moral han ido siempre detrás de esas conquistas éticas, y generalmente en contra de ellas. Incluso la idea de derechos humanos, corolario directo de ellas, fue negada y perseguida sañudamente por la jerarquía católica hasta bien entrado el siglo XX. Nuestros obispos saben que pueden presentarse abundantes textos papales que tratan a tales derechos de errores morales absolutos. Por no mencionar algo que pervive aún en casi toda moralidad religiosa: la posición de la mujer en un plano subalterno que le niega el acceso a la jerarquía y la gestión del misterio.
Los obispos españoles sólo siguen la estela de ciertos lugares comunes muy cultivados por Joseph Ratzinger, al que no puedo llamar “pontífice”, o hacedor de puentes, porque, como su antecesor, parece más bien empeñado en destruir los pocos y débiles que penosamente se habían ido levantando. En su doctrina moral exhibe una terca insistencia en las perversiones del “relativismo” como causa próxima de todos los males contemporáneos. Y a veces equipara subliminalmente laicismo y relativismo, deslizando con ello la idea de que una cosa lleva necesariamente a la otra. Pero esto es sencillamente falso.
La moral de los laicos puede ser tan firme como cualquiera y tiende además a ser menos acomodaticia que la moral del creyente. La ética religiosa que pende de los designios de la divinidad (o de sus intérpretes terrenales, que parecen aún más antojadizos) tiene justamente problemas de relativismo que conocemos al menos desde Platón. Cuando, en diálogo con Eutifrón, Sócrates le pregunta si lo bueno es querido por los dioses porque es bueno o es bueno porque es querido por los dioses, el problema de la moralidad religiosa está servido. Si lo primero, entonces la voluntad de los dioses no muestra por qué es bueno; para descubrirlo tendremos que pensar como laicos. Si lo segundo -es decir, que sea bueno sólo porque así lo quieran los dioses- condena a la ética religiosa a un desconsolador relativismo: las cosas serán o no serán buenas según se les antoje a los dioses. La moralidad será, pues, relativa a la voluntad de los dioses (o, como sucede de hecho, a las cambiantes voces de sus supuestos representantes en la tierra). No cabe por ello en esta ética aquello que define a una conciencia moral madura: poder alzar la voz ante cualquier dios para decirle que sus designios son injustos. Sólo una convicción moral que no sujete sus máximas a los dictados de un “ser por encima del hombre”, es decir, sólo una convicción moral laica, es capaz de eso.
El relativismo de la moral religiosa se acentúa, además, muchas veces al añadirle otros ingredientes todavía más vacíos y mudables. Las viejas religiones apelan tercamente a la tradición para sostener la vigencia de sus ideas morales y justificar la protección pública. Pero cada tradición justifica una moralidad diferente, y, si hemos de ser consecuentes, todas ellas serían sólo por ello válidas. ¿No es esto el núcleo mismo de la ética relativista?
Por no mencionar algo que no podemos olvidar fácilmente, y menos en España: que con desdichada frecuencia los creyentes se han aliado y se alían con ideales nacionalistas y patrioteros, o, como en el Oriente Próximo, se obcecan con la quimera de un territorio sagrado como receptáculo de su vida moral como pueblo. La cantidad de maldad y de sangre que han producido esas apuestas morales relativistas sustentadas en tradiciones y credos nacionales no necesita ser recordada entre nosotros. Frente a ellas es preciso afirmar la igual dignidad moral de todos los seres humanos, la perentoriedad del respeto a sus derechos básicos y la universalidad de sus exigencias ante cualquier ética casera o fideísta. O, lo que es lo mismo, es preciso vindicar nuevamente la calidad moral del pensamiento laico.

Francisco J. Laporta es catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid.

Eráse una vez un lobito bueno


No sé si me lo esperaba. No tenía, ni tengo, ni tendré un conocimiento tan profundo de lo que ocurre en los pasillos de la Conferencia Episcopal Española como para llegar a saber cuál puede ser el resultado de unas elecciones tan apretadas como éstas que se acaban de disputar.
Al delicado Blázquez le acaba de pasar por encima Rouco Varela, Arzobispo de Madrid y comandante en jefe de las fuerzas invasoras. El gallego se merendó al vasco por dos votos, y dicen que eso ha sido un paso atrás.
No lo tengo yo tan claro. Podría decir que desconozco en qué momento preciso se empezó a caminar hacia adelante; pero no quiero ser mal intencionado y prefiero entender que en esa santa casa siempre han caminado fijando los ojos en un punto imaginario -quizá no tan imaginario- en el horizonte y dirigiéndose hacia él. Porque quien se viste y desayuna todos los días con el don de la infalibilidad, no tiene más camino que el que le lleva hacia un dorado amanecer y, más allá, al paraíso.
Ayer Blázquez comparecía ante los medios recordando que la Iglesia nunca quiere imponer su doctrina. Todo ha sido un mal sueño. Y hoy Rouco Varela afirmaba sin empacho que su voluntad era la de trabajar por el bien común ¡Quién podía dudar tal cosa!
Desde hacía meses se venía jugando esta enrevesada partida de ajedrez entre sotanas, unas más acartonadas que otras, según dicen. Manifestaciones, proyectos de santuarios, mártires por España, peregrinaciones, familias modélicas… Todo ha formado parte de un tablero en el que a muchos -afortunadamente- se nos mezclan los colores de las casillas y no terminamos por saber ni dónde empieza lo blanco ni dónde acaba lo negro.
Pero que nadie se preocupe. El uno no quería imponer. Lo vivido durante su mandato no ha sido nada. Indudablemente algunos hemos interpretado mal las buenas intenciones que albergaba el obispado nacional para con este desagradecido rebaño español del que formamos parte. Y el otro ¡qué decir del otro!:Es la imagen de la moderación pura y dura. Pura y dura, pero moderación al fin y al cabo; un hombre progresista, abierto a la evolución y a los cambios, tolerante con las posiciones de otros, respetuoso con cuanta diversidad vital le rodea.
Que nadie tema, pues no va a pasar absolutamente nada. Todo el mundo ha de ser feliz y exhibir radiante una sonrisa nacarada. Tomen ejemplo de los magistrados de la Sala de lo Contencioso de Andalucía, que han querido darle la bienvenida a don Rouco Varela reconociendo el derecho de objeción de conciencia de un alumno de Bollullos Par del Condado frente a “Educación para la Ciudadanía”. La algarada continúa.
No me digan que no vivimos en un país maravilloso

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Contra la “sharia” episcopal

Desde Granada Laica me llega este artículo que, creo, puede aportar algo a quienes lo lean. Cada cual, como siempre, sacará sus conclusiones ¡Buena lectura!
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Contra la ’sharia’ episcopal
La recién emitida “Nota de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española ante las elecciones generales de 2008″ ha descolocado al gobierno español y al partido socialista, que ha reaccionado con cierta beligerancia al texto. Sin embargo, las críticas socialistas se han circunscrito casi exclusivamente a la referencia que los obispos hacen en este texto al terrorismo, en la que lanzan un severo varapalo a la estrategia seguida por el gobierno en relación a este tema.
Pero cabe preguntarse si más allá de esta referencia concreta, la intervención de los obispos en la campaña electoral es en sí censurable o por el contrario les ampara el derecho a la libertad de expresión e incluso el derecho a entrar en la contienda política.
En este sentido hay que recordar el muy particular estatus de la Iglesia Católica en España, y en menor medida de otras organizaciones religiosas. Por una parte se trata de una organización que reclama fieramente su independencia. Es más, es la Iglesia la que “concede” al Estado una “cierta autonomía”. Según palabras de Benedicto XVI “la comunidad política y la Iglesia son entre sí independientes y autónomas en su propio campo”, pero claro, “la autonomía de la esfera temporal no excluye una íntima armonía con las exigencias superiores”. Estas exigencias superiores, obviamente, son lo que nuestros obispos denominan en su nota “el denominador común de la moral fundada en la recta razón”. Y “recta razón” es una forma moderna de calificar lo que en el pasado se llamaba “fe”, o con los circunloquios que tanto gustan en el Vaticano, “la razón iluminada por la fe”.
Es decir, que en las relaciones Iglesia-Estado la situación es la siguiente: el Estado exime a la Iglesia del pago de numerosos tributos, financia sus colegios, residencias y hospitales, empotra en la escuela pública la catequesis católica, paga a los catequistas que elige el obispo, celebra ante la biblia y el crucifijo las tomas de posesiones de ministros, jueces, etc, adopta como fiestas cívicas las romerías religiosas, recauda el IRPF de aquellos que prefieren dárselo a ésta en vez de ingresarlo en el erario común, le regala suelo urbano para la construcción de sus parroquias, seminarios u otros centros, mantiene su patrimonio monumental sin apenas contraprestación alguna, no interfiere en su organización interna aunque no sea democrática y sea discriminatoria frente a las mujeres, etc, etc. Y por su parte, ¿qué hace la Iglesia? Permite que el Estado actúe según la “recta razón”.
Frente a las organizaciones religiosas el Estado moderno ha intentado dos soluciones: la sujeción y la cuarentena. Con la Iglesia Católica no funciona el primer método pues desde la ruptura con el oriente cesaropapista ha reclamado su independencia y superioridad sobre todo poder “temporal”.
Veamos algunos ejemplos de la técnica de la “cuarentena”. Por ejemplo, la constitución mexicana (de 1917) dice (Art.130 e): “Los ministros [religiosos] no podrán asociarse con fines políticos ni realizar proselitismo a favor o en contra de candidato, partido o asociación política alguna. Tampoco podrán en reunión pública, en actos del culto o de propaganda religiosa, ni en publicaciones de carácter religioso, oponerse a las leyes del país o a sus instituciones, ni agraviar, de cualquier forma, los símbolos patrios.”
Otro ejemplo: en EE.UU. las organizaciones religiosas apenas se diferencian de las demás en dos cosas: 1) Que por ser religiosas no pueden recibir subvenciones públicas para sus actividades, 2) Que por ser organizaciones religiosas gozan automáticamente de las exenciones de impuestos recogidas en el apartado 501(c)(3) de la ley Fiscal. A cambio, las organizaciones que se acogen a estas exenciones tienen prohibido realizar actividades de índole política a favor de unos u otros candidatos en los procesos electorales.
Después de siglos de cruentas luchas interreligiosas, dos milenios de implacable persecución a los disidentes, parece lógico que las creencias religiosas gocen de protección para su libre ejercicio, pero también que la sociedad política goce también de protección frente a ellas, es decir, se prohíba esgrimir argumento teológico alguno en la contienda política.
En España, a pesar del muy reciente régimen nacionalcatolico los gobiernos democráticos han fantaseado con la posibilidad de tratar a la Iglesia Católica con una técnica “intermedia”, la de la domesticación o apaciguamiento. Pero la Iglesia es una bestia milenaria imposible de amansar.
No nos engañemos, cuando los obispos dicen “no pretendemos que los gobernantes se sometan a los criterios de la moral católica”, quieren decir “queremos que gobiernen quienes ya están sometidos a los criterios de la moral católica”. Cuando dicen “respetamos a quienes ven las cosas de otra manera” quieren decir “no tenemos inconveniente en que viváis sometidos a nuestras normas”, etc, etc.
Milenios de destrucción, siglos de oscurantismo y décadas recientes de contubernio con dictaduras en todo el mundo demuestran que la Iglesia no va levantar un dedo si peligra una democracia o los derechos de una minoría son conculcados: simplemente espera agazapada a que lleguen mejores tiempos mientras trabaja sin descanso por perpetuar su ideología de sometimiento e irracionalidad.
Rafael Gallego Sevilla
Coordinador de Granada Laica

Sayed Perwiz Kambajsh

Hoy me ha llegado el último número de la publicación que la Comisión de Laicismo del Gran Oriente de Francia ha puesto en circulación. Sarkozy, su discurso de Letrán y las raíces cristianas de la divina Francia, copan todo el contenido.
Hay una breve referencia a otra cuestión de actualidad que me ha llamado la atención. Sucedió en Eslovaquia. Una cadena privada acaba de ser castigada en aquel país con una multa de unos 60.000 euros, por haber empleado su mala baba con el Vaticano a raíz de las recomendaciones que la Santa Sede dirigió a los conductores. Parece ser que según la cadena de televisión en cuestión, los prelados no son los más adecuados para dar consejos de seguridad vial: El Vaticano apenas sí tiene dos kilómetros de carretera y el último accidente ocurrió hace más de seis meses. Esa fue la gracia que llegó a los telespectadores; y la respuesta obtenida, la sanción pecuniaria.
El asunto tiene hasta gracia. Uno no puede evitar sonreir y ladear la cabeza, oscilando entre la desaprobación y un gesto resignado.
Por la mañana, sin embargo, no me quedaron muchas ganas de menear la cabeza. Sayed Perwiz Kambajsh, periodista afgano, ha sido condenado a muerte por un tribunal que le juzgó sin permitirle siquiera un abogado defensor. Viendo lo que nos ocurre a veces en los juzgados “occidentales” no puedo dejar de preguntar de qué le hubiera servido el letrado a este hombre, ciudadano no de un país, sino de un laberinto. Probablemente un florero togado hubiera permitido a estos “jueces” afganos exportar la noticia sin tanto escándalo. Porque es un hecho demostrado que en este mundo mediático no hubieran faltado desaprensivos voluntarios para quitarle hierro al asunto.
En fin, sea como fuere, el delito de Sayed consistió, siempre según la versión de los compañeros de la universidad que le denunciaron -y yo me quejaba del hermano de Alicia Castro Masaveu, al que tuve que soportar como delegado en la facultad-, en afirmar que el profeta Mahoma ignoró en su momento los derechos de las mujeres. Parece que, además, el muy infiel cometió también la grave afrenta, siempre, insisto, según el dedo acusador, de burlarse del islam.
Muere la libertad de expresión a costa de la dictadura religiosa o de los rescoldos que quedan de ella. La palabra muere en muchos lugares enterrada por la vigencia del delito de blasfemia. Y existe un tiempo y un espacio en el que personas como Sayed Perwiz Kambajsh ponen en riesgo su vida por decir, sencillamente, aquello que piensan.
Siempre he creído que determinada concepción de las religiones, aquella que supera al individuo para extenderse de una manera solapada o descarada por el tejido social, no es otra cosa que el mecanismo más primitivo y efectivo de dominación de los seres humanos. Siglos y siglos de historia, de confrontaciones, imposiciones, siguen dando su nefasto fruto y llenando los caminos de víctimas inocentes.
Reporteros sin Fronteras y otras organizaciones internacionales están llevando el peso de la “defensa” de los derechos de Sayed Perwiz Kambajsh; uno más entre esos innumerables e involuntarios mártires de la libertad, hacedores, a pesar de todo, de este pequeño milagro del que disfrutamos. Ahora que vengan a hablarnos de “laicidad positiva” y de que el laicismo radical quiere ver reducida la religión al espacio privado, íntimo y particular de cada ciudadano. Pues sí, vistos los precedentes y lo que se sigue viendo, va a ser eso lo que muy justamente se pretende. Como decía esta mañana muy acertadamente un buen amigo -y que permita que le coja prestada la aseveración-, cada uno en su casa y la razón en la de todos.
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No católicos sino catolicistas

Al llegar de Bayona el último fin de semana me encontré con este artículo con el que me identifico plenamente. Tanto me identifico que lo siento como si yo mismo lo hubiera escrito, salvando eso sí, la calidad literaria infinita que me separa de Javier Marías, con el que no siempre estoy de acuerdo.
Sé que muchos de los que leen en esta pequeña ventana están ya un poco agotados de tanta sotana. Lástima que el agotamiento no sea mutuo. No me refiero a mí; quiero decir que es una lástima que las sotanas no se cansen también de darnos viento con el revuelo de tanta túnica. Pero confío en que, además de la reflexión laicista y de furibunda actualidad, se extraiga alguna otra enseñanza. Efectivamente llega un momento en el que ya no se puede ceder más.
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No católicos sino catolicistas
Javier Marías

Está uno harto de recordar –y ustedes aburridos de que yo lo haga– el viejo adagio de mi familia: “Nunca se debe intentar contentar a quienes nunca se van a dar por contentos”. Y sin embargo es algo que en España hay que sacar a colación continuamente, como si no darnos nunca por contentos fuera uno de nuestros mayores vicios, o más bien ardides. Es este un país lleno de gente insaciable, a la que nada parece jamás bastante, que ve cualquier gentileza o concesión no como deseo de tener la fiesta en paz y llegar a acuerdos, ni como recapacitación y afán de ser justo, sino como síntoma de debilidad inequívoca de quien cede, y por lo tanto como señal para tirar de la cuerda y forzar aún más las situaciones. Lo más sorprendente es que nadie haga caso de ese adagio, que nadie se plantee lo inútil y aun lo contraproducente de intentar contentar a quienes jamás van a darse por satisfechos. No se lo dan ni se lo darán los nacionalistas varios, ni por supuesto ETA, ni el actual Partido Popular, ni –según comprobamos una y otra vez– los obispos y cardenales católicos.
Son sólo algunos ejemplos, de colectivos. Porque también los hay de millares de individuos, y estoy seguro de que ustedes se las habrán visto en la vida con alguna persona así. Habrán puesto paños calientes y tenido infinitas buena fe y paciencia con ellas, habrán procurado agradarlas y apaciguarlas, las habrán tratado con guante blanco ante su enorme susceptibilidad y su imparable exigencia …, y no habrán conseguido sino recibir reproches y broncas, se habrán sentido en insaldable y permanente deuda con ellas, habrán experimentado la desagradable e injusta sensación de que, por mucho que hicieran ustedes en provecho suyo, ellas no sólo no iban a agradecérselo, sino que lo iban a tomar como algo lógico y debido y además insuficiente. Son personas imposibles, desesperantes, con las que lo mejor que puede hacerse es romper todo vínculo y trato, no tenerlo malo ni esforzarse por tenerlo bueno (una quimera, esto último). Son individuos que en seguida pierden de vista lo que es una deferencia o un gran favor por nuestra parte, que consideran “derechos adquiridos” lo que graciosa y voluntariamente les otorgamos un día, que olvidan que no tenemos ningún deber para con ellos, y que, si les retiramos nuestra protección o beneficio, lo juzgarán una agresión, nada menos. Recuerdo haber tenido amigos a los que favorecía en lo posible: sugería su nombre para trabajos o viajes; lograba que se los invitara a donde no lo habían sido; hacía gestiones para que se los publicara o tradujera; los ayudaba a mejorar sus tarifas, sin llegar a la indecencia de recomendar públicamente lo que de ellos no me gustaba. Al terminar la amistad, me abstuve de perjudicarlos, pero sí dejé de echarles aquellas manos, y ellos entendieron la mera cesación de un apoyo –nada más comprensible, si yo me había considerado traicionado– como una declaración de hostilidades por mi parte. Hasta tal punto habían olvidado que se trataba algo espontáneo y amistoso, a lo que no estaba en modo alguno obligado.
La jerarquía eclesiástica –y por tanto la Iglesia Católica en su conjunto, que nada hace para moderar o reprobar a aquélla– ha demostrado sobradamente pertenecer a esa clase de personas u organizaciones. Con ella se han tenido todos los miramientos imaginables. Pese a ser España un Estado aconfesional desde hace treinta años, se le ha mantenido un trato de privilegio escandaloso. Se la ha seguido financiando –aún más desde 2006– con el dinero de todos los ciudadanos, profesen la religión que sea o ninguna; se le ha aumentado al 0,7% la cantidad que los contribuyentes puedan destinarle a través de sus impuestos, restándosela así al Estado; no se han cancelado los caducos acuerdos de 1979 con el Vaticano, tan beneficiosos para ella; se le permite apoderarse de las calles de todo el país durante siete días seguidos, los de la Semana Santa, algo que se impediría a cualquier otro colectivo, religioso o laico; para no irritarla, se han parado o descafeinado leyes, y a otras se ha renunciado; se ha tolerado que obispos levantaran falsos testimonios (“La sospecha del 11-M mira al Gobierno”, clamó el de Huesca) sin que sus pares los reconvinieran por la comisión de tamaño pecado en público; se le ha consentido difamar y mentir a través de su emisora, amoldar a su gusto la Educación para la Ciudadanía y despedir a su arbitrio a los profesores de Religión que ella no paga, en esos colegios “suyos” que en realidad sufragamos los españoles. No se le ha pasado factura por los cuarenta años en que gobernó y reprimió a la sombra –o al sol, descaradamente– de la sanguinaria dictadura de Franco, ni por su mucha opresión de tantos siglos, ni por su deliberada ignorancia y rechazo a cualquier avance. Se la ha tratado, en suma, con una generosidad que en poco grado merecía. Pero para la jerarquía nada es nunca bastante; los obispos, con cinismo, se dicen “acorralados” y “perseguidos” y jamás se darán por contentos. O mejor dicho, sólo se lo darían si acabaran con toda libertad y razón y pudieran imponer a todos, como en el pasado no lejano, sus creencias, mandatos y prohibiciones. Esto es, el día en que, de la misma manera que hay Estados islamistas que supeditan el poder democrático y civil al religioso, España volviera a ser un Estado no católico, sino catolicista.

Lo posible y lo necesario

Acaba una semana un tanto vertiginosa. Nunca pensé que el inicio oficioso de una campaña electoral iba a ser tan convulso, pero así ha resultado.
De entre toda la sucesión de acontencimientos, dos me han llamado la atención especialmente. Supongo que los mismos que le han podido llamar la atención a tantos hombres y mujeres que torean cada día en esta plaza tan acalorada y polvorienta. No creo por tanto que mi mirada sea especialmente original.
Empezaba el lunes -creo que era lunes- escuchando a la Vicepresidenta del Gobierno de la Nación (ignoro si a esta mujer le habrán colgado también el sambenito de ser una pérfida masona y una hereje consumada) decir que el gobierno no toleraría ningún ataque a la intimidad de las mujeres que hubieran abortado y que, en este momento, son objeto de las pesquisas ensimismadas de algún juez preclaro que, de repente, se ha enterado de que en España se producen cien mil abortos anuales y que estos son practicados casi en su totalidad en clínicas privadas. Yo creo que el Gobierno ha tolerado ataques sobrados contra esas mujeres y, de paso, también contra una leve conquista que de las mujeres españolas.
Ayer, Bernat Soria y Mariano Fernández Bermejo, Ministros de Sanidad y Justicia resepctivamente, se enfrentaban a las mismas cuestiones ¿qué va a pasar con las mujeres a las que se les envían las citaciones valiéndose de la Guardia Civil? (al resto de los mortales les llega una carta certificada) ¿qué va a hacer el P.S.O.E. con la ley actual en materia de interrupción voluntaria del embarazo? Se enfrentaban y evitaban los dos hacer un pronunciamiento expreso. A estas alturas no sé si entiendo que el fragor de una campaña electoral no es el mejor espacio para abrir un debate que se presta a tanto tira y afloja. Pero desde luego lo que no comparto de ninguna forma es la reflexión de otro ministro, Jesús Caldera: la ley actual no basta; se queda corta; hace aguas y se le escapa ya todo el aire por las costuras. Necesitamos una ley de plazos que complemente todo el catálogo estricto de supuestos en los que, actualmente, se admite la posibilidad de que una mujer pueda abortar en España.
El partido que sustenta al Gobierno presentaba esta semana su borrador de programa electoral: Una inicial referencia a la creación de un Observatorio de la “laicidad” -el galicismo se impone de forma definitiva- destacaba en el catálogo de ofertas a la ciudadanía. Pero no debería olvidarse que el estado laico se construye siempre a partir, no tanto de formulaciones teóricas -que las hay y son desde luego necesarias-, como de actos concretos y expresos; una ley de plazos en materia de aborto al margen del parecer de los credos particulares de los militantes de ciertas confesiones religiosas; una ley -o al menos un debate público, o una reflexión colectiva que alumbre un fruto a medio plazo- que regule también el derecho a una muerte digna; una respuesta al problema que plantea el privilegiado sistema fiscal del que goza esa misma confesión en la que llevamos un rato pensando; otra respuesta diferente a la habitual en torno a esos acuerdos de enero de 1979 que tanto polvo y lodo han llevado y arrastrasdo.
A todos y cada uno de nosotros corresponderá pensar, reflexionar sobre qué es posible y hacer en esta España tan querida, también tan maltratada que, al menos, se ha librado de una letra horrible en su vigente himno, seña musical identitaria, regalo, creo, de Federico el Grande a aquel rey al que tan mal le caían los masones y los jesuítas: don Carlos III. ¿Qué será lo posible, qué lo necesario?
La segunda cosa que me ha dejado un tanto perplejo afecta al Sr. Gallardón y compañía, cómo no; una oscura nube ha tapado la designación digital del supuesto peso pesado que se habrá de encargar de la gestión económica nacional en el caso de una hipotética victoria del Partido Popular. Esa nube lleva el nombre del alcalde de Madrid, una de las figuras políticas más respetadas del país que, en su día, se atrevió a legalizar aquello que recibió el nombre de “narcosalas”, espacios en los que las personas drogodependientes podían inyectarse la dosis correspondiente con una jeringuilla no contaminada. Recuerdo el ruido y escándalo de entonces. Gallardón, el mismo alcalde que casó a un militante de su partido con el compañero con el que convivía y que dijo aquello de que las leyes están para cumplirlas, a pesar de que su Partido había recurrido (y ahí sigue el recurso) la reforma del matrimonio civil. Gallardón, la oveja roja del Partido Popular, que lo sacaba como un Cid Campeador en las citas electorales representado a eso que ya no existe en el principal partido de la oposición y que llaman centro político.
Gallardón quedó apeado de forma sorpresiva de la carrera, humillado ante su rival, Esperanza Aguirre. Qué será en este caso lo posible y qué será lo necesario. De lo posible ignoro todo; de lo necesario sí que me atrevo a decir que no nos merecemos esta derecha. Pienso sobre todo en algún amigo que tengo en el Partido Popular y que no se parece en nada a Acebes ni a Zaplana. Y no puedo evitar colocarme en su lugar. Efectivamente, hay gentes de centro; y de derechas con cierta moderación. No puede ser que la buena gente se encuentre a la izquierda y la mala a la derecha. He conocido izquierdistas de salón y mesa camilla que luego van por ahí diciendo un día que eres un revisionista y otro un radical; izquierdistas de supuesto nombre a los que les sobraría el plato de lentejas para sacar el mejor partido. He conocido también gentes de derecha que deberían estar remando en una balsa en compañía de esos izquierdistas, camino hacia el infinito y más allá. Pero el problema político que se plantea ahora es bastante serio y va más allá de ciertas sensaciones y experiencias personales ¿qué derecha necesita España? ¿Qué es posible para nosotros? ¿Por qué algunos tenemos tanto miedo a que la tortilla salte de la sartén y caiga al suelo?
Son muchas las reformas pendientes en España. Antes citaba las legales -algunas de ellas- que deberían ser afrontadas con valentía por quien dice representar determinados valores. Pero hay otras reformas urgentes: las reformas del pensamiento, de determinado pensamiento que no acaba de avanzar ni abrirse camino entre tanta tiniebla, que sigue atenazado por eso que conocemos tan bien y que se llama nacional catolicismo; que continúa siendo rehén de algunas oligarquías a las que les importa cualquier cosa menos el interés general. ¿Qué hemos hecho para merecer el miedo? Lo posible no sé qué es; lo necesario, desde luego, es dejar de padecer esta zozobra de una vez por todas
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Laicismo positivo

Una nueva entrevista con Jean Michel Quillardet, ésta del día 4 de enero y publicada por el diario Libération, incide en las mismas cuestiones de las que tratábamos ayer. Una vez traducida aquí la reproduzco por su interés.
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Jean Michel Quillardet, Gran Maestre del Gran Oriente de Francia

“El concepto de “laicismo positivo” abre una brecha en el pacto republicano”

Jean Michel Quillardet es el gran maestre del Gran Oriente de Francia (GOF), que se presenta como “la primera obediencia masónica francesa” con 50.000 miembros. El GOF ha expresado recientemente su inquietud en un comunicado a raíz de las declaraciones realizadas por Nicolás Sarkozy el 20 de diciembre en su visita al Vaticano, reprochándole su “voluntad de presentar el hecho religioso como constitutivo de la identidad política y ciudadana, lo que podría conllevar una seria inflexión en el modelo republicano francés”. Jean Michel Quillardet se explica.

¿Qué es lo que más le molesta en las declaraciones de Nicolás Sarkozy?
Este concepto de “laicismo positivo” que quiere que las religiones sean en adelante consideradas como una ventaja y que sea necesario buscar un diálogo con ellas, abre una brecha inquietante en el pacto republicano y laico. Es la primera vez que un presidente de la República establece esta nueva concepción de las relaciones entre el Estado y la religión.

En una sociedad tan materialista como la nuestra ¿no tiene la gente una necesidad de encontrar un sentido a su vida que debería ser tomado en cuenta?
La búsqueda de ese sentido no pasa por fuerza por las religiones. Me sorprende mucho que Nicolás Sarkozy diga que “la moral laica corre el riesgo de agotarse (en sí misma) o de convertirse en fanatismo en tatno que no está ligada a una aspiración que colme la aspiración al infinito”. Detrás de eso hay una ideología muy americana.

Las posiciones de Sarkozy son conocidas, ya las había expresado en La República, las Religiones, la Esperanza (ed. Cerf, 2004)…
Durante la campaña presidencial Nicolás Sarkozy evitó la cuestión de la modificación de la ley de 1905, sobre la separación de las Iglesias y el Estado, y el informe Machelon (encargado por Sarkozy, preconizaba un retoque de este texto legal). En este momento, intuimos que algo se está preparando.

¿Qué es lo que le lleva a decir eso?
Michèle Alliot-Marie (Ministra francesa del Interior) nos recibió el 3 de diciembre y nos dijo que, en el informe Machelon, “hay algunas ideas interesantes”. Está comprobando si es posible hacer pasar a las asociaciones del estatuto “de culto”, que prohibe toda subvención pública, al estatuto “cultural”, que las permite. Jean Pierre Raffarin (Primer Ministro en el segundo período presidencial de Chirac) también declaró en una entrevista en Figaro que “habría que completar la ley de 1905″. Le hemos pedido una reunión al presidente de la República; veremos si nos recibe.

Ustedes se oponen a toda modificación de la ley de 1905, pero entonces ¿cómo se ayudará a los musulmanes a superar su retraso en lo referente a lugares de culto?
Los dos primeros artículos (de la ley de 1905) según los cuales “El Estado no reconoce ni sostiene económicamente ningún culto”, y “el ejercico de los diferentes cultos es libre”, no son modificables. Sin embargo no somos hostiles a los contratos enfitéuticos de muy larga duración, ni tampoco a la creación de la Fundación para obras del islam (creada el 16 de octubre, está principalmente destinada a fnanciar la construcción de mezquitas).

Aparte del Gran Oriente de Francia, pocos grupos organizados se han alzado contra las intenciones del presidente de la República…
François Bayrou, que ha estimado que el concepto de “laicismo positivo” avanzado por Nicolás Sarkozy “pone en cause la concepción del laicismo republicano” y favorece el retorno d ela religión “opio del pueblo”, y François Hollande, han protestado.

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Una derrota de la república

En el último número de la revista de Le Nouvel Observateur que se ha publicado este 3 de enero, aparece una entrevista con Jean Michel Quillardet, Gran Maestre del Gran Oriente, en el que hace una clara referencia a las consecuencias de la última visita del presidente Sarkozy al Vaticano y, más concretamente, a las declaraciones realizadas ante los medios de comunicación.
Entendamos donde dice república que se habla de la democracia misma. Porque el problema que se plantea en el momento actual para el modelo de laicismo auspiciado desde principios del siglo XX en Francia tiene trascendencia para todas las democracias occidentales y, cómo no, para aquellos países como el nuestro, que intentan dar algún paso hacia adelante a pesar del peso evidente que aun tiene la concepción nacional católica, y de que esta tierra nuestra parece que va a ser convertida en un campo de batalla ideológico por el dogmatismo vaticano. España vuelve a ser, una vez más, tierra de misión.
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Protesta de los Francmasones contra Sarkozy
“UNA DERROTA DE LA REPÚBLICA”

Jean Michel Quillardet, Gran Maestre del Gran Oriente de Francia, fustiga el discurso de NIcolás Sarkozy y denuncia un ataque al laicismo.

Entrevista

Le Nouvel Observateur.- En el Vaticano, Nicolás Sarkozy ha hablado de “las raíces cristianas de Francia” y ha evocado “la contribució de la Iglesia católica para iluminar nuestras elecciones y construir nuestro futuro”. ¿Es esto lo que le ha impresionado?

Jean Michel Quillardet.- Estamos preocupados y profundamente heridos por su voluntad de reintroducir la moral religiosa en el seno de la sociedad; por sus dceclaraciones virulentas sobre la moral laica que podría, según él, conducir al fanatismo; sobre la imposibilidad de vivir sin esperanza, y también sobre las raíces cristianas de Francia. Es una visión simplista de la historia. Nadie niega que Francia tenga raíces cristianas. Pero hay que distinguir entre el cristianismo y la Iglesia católica, que siempre ha sido partícipe del absolutismo político y relgioso, y recordar también nuestras raíces en la cultura griega, en el humanismo del Renacimiento y, sobre todo, en el pensamiento que surge con el Siglo de las Luces, que enuncia la libertad absoluta de conciencia. Nos sentimos heridos al escuchar decir que un no creyente es marginal y de ver así su posición intelectual relegada a un segundo plano. Pienso que incluso algunos cristianos, como François Bayrou, no pueden hacer otra cosa que sentirse golpeados con este tipo de afirmaciones. Y bueno, ¿qué significa este “laicismo positivo”? El “laicismo positivo” es el “laicismo sí, pero”. Es una regresión todavía más grave si se tiene en cuenta que viene de un jefe de Estado. Desde De Gaulle a Chirac, nunca habíamos oído semejantes discursos en toda la historia de la V República, ni visto a un jefe de Estado tener una práctica tan ostentatoria de su culto. Nos encontramos una vez más ante la manipulación de los símbolos. Todo esto nos resulta extremadamente peligroso para el pacto republicano que permite a cada uno vivir con su fe o sin ella.

N.O. - Sarkozy ya había expresado, siendo ministro del Interior y en su libro ” La República, las relgiones, la esperanza”, su deseo de hacer evolucionar la ley de 1905.

J.-M. Quillardet.- Nos alarmamos mucho con ocasión de la publicación del informe Machelon que preconizaba principalmente la finaciación de los lugares de culto por los municipios y que implicaba abrir una importantísima brecha en la ley de 1905. Pero durante la campaña presidencial, Nicolás Sarkozy retiró este tipo de cuestiones y creímos haber ganado la partida. Este discurso pronunciado con firmeza elimina toda duda sobre cuáles son sus intenciones. Recordemos también que, en el cuadro de la reforma de las instituciones, el presidente ha propuesto que las grandes corrientes espirituales estén representadas ¡en el seno del Consejo Económico y Social! Forma parte de la ideología, un verdadero proyecto político que inscribe al liberalismo y a la religión en el corazón de la sociedad, como elementos indispensables de las buenas costumbres. Ya hemos percibido las consecuencias en los barrios de las afueras de las ciudades, donde los poderes públicos hacen llamamientos a los imanes para apaciguar las tensiones. Estamos ante una derrota de la República. La única identidad que ha de interesar al político, es la ciudadanía. Cuando se dirige, no ya a los ciudadanos, sino a los católicos, a los judíos, a los protestantes, y encima privilegiando a algunos, se cambia completamente la naturaleza del régimen republicano.

N.O.- ¿Contempla Ud. la posibilidad de un deslizamiento hacia un laicismo a la americana?

J.- M.Quillardet.- Desde luego, nos encontramos con la idea tocquevilliana según la cual la democracia no puede dejar a un lado la religión -y para Tocqueville se trata ya de la religión cristiana-. Pero el laicismo a la americana, es Bush que pronuncia sin cesar discursos en el nombre de Dios, es un presidente que jura sobre la Biblia. ¿Vamos a volver a esos? Corremos el riesgo de dividir otro poco más a la nación. Se nos dirá que no se va a tocar la ley de 1905, pero nuestro temor que se transforme completamente su espíritu valiéndose de medidas técnicas reglamentarias, abriendo la posibilidad de hacer pasar a las religiones de un estatuto de culto a uno cultural, por ejemplo. Estamos en el camino de la destrucción de cierta idea de la República. Los Franceses siguen muy ligados al laicimo y el presidente cometería un grave error queriendo atacarlo.

Apuntes recogidos por
Marie Lemonnier

Mitología Sarkoziana
Discruso de Letrán: “Fue mediante el bautismo de Clodoveo que Francia se convirtió en la hija mayor de la Iglesia. Ahí están los hechos.” ¿Los hechos? Clodoveo, pequeño jefe bárbaro, se convirtió en torno al año 500 en la figura dominante en la Europa occidental gracias a sus conquistas y a un acto fundador, su conversión al catolicismo. Esto es indiscutible. Pero ¿en qué concierne tal cosa a Francia? Clodoveo, nacido en Tournai, es rey de los Francos, pueblo germánico. Reina sobre la Galia, un territorio que engloba hoy una parte de Francia pero también del Benelux y de Alemania. Son, bastante más tarde, los frágiles Capetos los que irán a buscar en el baptisterio de Reims la divina legitimidad, y el papado, para complacerlos servirá a su reinado sobre la “hija mayor”. En el siglo XIX, en plena fiebre nacionalista, continua este movimiento “afrancesando” a todo el mundo, de Clodoveo a Carlomagno. Sólamente, al otro lado del Rin, los mismos personajes son reyes alemanes. Ya hace medio siglo que los historiadores han superado toda esta mitología. El Sr. Sarkozy se la sigue creyendo. Algo que no le hace más joven.

François Reynaert

Obispos leninistas

La edición del día de ayer del diario El País me sirve para inaugurar este nuevo año.
Con sorpresa, mientras pasaba las hojas, me encontré con el título de un artículo de José María Ridao. El encabezamiento, en el que se combinaban elementos en principio tan contrapuestos como el leninismo y la jerarquía eclesiástica, me animó a leer el texto. Aquí está. A lo mejor sirve para mitigar el escozor provocado por la entrevista al ministro Caldera -lamentable en mi opinión-, o la inexplicable indignación a estas alturas del viaje de José Blanco, el Secretario de Organización del Partido que sustenta al Gobierno de la Nación ¡A buenas horas, mangas verdes!
Buena lectura y mejor comienzo de año.
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Obispos leninistas.-

El último domingo del año, la jerarquía eclesiástica ha reincidido en una decisión insólita, aunque repetida en diversas ocasiones durante esta convulsa legislatura: ha preferido predicar desde la calle en lugar de hacerlo desde el púlpito. Ni cartas pastorales ni homilías en los miles de templos diseminados por el país han debido de parecer a los obispos un instrumento eficaz para llevar adelante su ardorosa cruzada en defensa de la familia, una institución que, hasta donde se sabe, nadie ataca. Porque, por más iras que despierte entre los prelados, el matrimonio homosexual es una sorprendente e inesperada confirmación de la vigencia del matrimonio, que sólo debería soliviantar, en realidad, a quienes están en contra de cualquier intromisión de la ley en la vida de pareja.
Prefieren la calle porque el púlpito no les ofrece la audiencia necesaria para su proyecto integrista.
Cada manifestación convocada por los obispos en los últimos años es, sin duda, una noticia sorprendente, puesto que su mensaje es tan rancio como inconfundible. Demuestra que la jerarquía eclesiástica española ha hecho una opción en favor del integrismo, y reclama la preponderancia de sus creencias y sus ritos, amparados por una ley de Dios que ellos aseguran conocer e interpretar en régimen de monopolio, sobre las instituciones seculares, establecidas y gestionadas por la libre voluntad de los individuos. Incluida la voluntad de quienes se declaran católicos y, sin embargo, parecen saber mejor que sus obispos que cualquier intento de establecer como obligatorio su modo de vida no es un triunfo de la religión, sino del fanatismo.
Éste es, en cualquier caso, el proyecto en el que se ha embarcado la jerarquía eclesiástica o, al menos, algunos de sus sectores más ruidosos, empeñados en actuar como vanguardia leninista en una sociedad que contempla con marmórea indiferencia la proyección de sus obsesiones morales, la exaltación de su servidumbre a la Idea, sus especulaciones acerca del sacrificio actual como inversión para la vida futura. Erigidos en vanguardia del supuesto pueblo católico al que imaginan representar, nada tiene de extraño que algunos obispos hayan adoptado medios de agitación semejantes a los que experimentaron los seguidores del revolucionario ruso.
Las manifestaciones suenan a movilización de masas, lo mismo que la incendiaria emisora que sufraga la Conferencia Episcopal recuerda a los medios de la agitprop. Incluso la estrategia de “cuanto peor, mejor”, empleada en cada ocasión en la que anuncian para España plagas peores que las de Egipto, evoca las catástrofes reservadas para quienes se desentendieran de las inapelables leyes de la historia.
En el fragor provocado por esta vanguardia en la que militan algunos obispos españoles, se han perdido de vista las más elementales evidencias. La primera y tal vez más importante es que si han preferido la calle en lugar del púlpito es porque, en efecto, el púlpito no les ofrece ya la audiencia que necesitan para llevar adelante su proyecto integrista. Ni el púlpito ni tampoco los seminarios, vacíos de candidatos o, por así decir, de militantes para atender al culto de la religión católica, ni en la versión que estableció el Concilio Vaticano II ni en la que ahora defiende la jerarquía eclesiástica en nuestro país. La “crisis de las vocaciones”, más que las estadísticas acerca de los españoles que practican la religión católica, es lo que demuestra la situación de privilegio que se ha concedido a la Iglesia y con la que la Iglesia no está dispuesta a conformarse. ¿Qué otro colectivo compuesto por 20.000 personas recibe una asignación del Estado equivalente al 0,7% del PIB? ¿A qué otra vanguardia, ni grande ni pequeña, se le asignan subvenciones para llevar adelante un programa que esconde detrás de la religión católica una intención política y, además, una intención política fanática?
El apaciguamiento por el que ha optado el Gobierno no es seguramente la mejor manera de contrarrestar a los obispos erigidos en vanguardia leninista. Pero no porque fuera deseable la confrontación, sino porque ha colocado al Estado en la situación del bombero pirómano, que debe sofocar las llamas que él mismo aviva a través del acuerdo económico con la Iglesia.
Una parte de la jerarquía eclesiástica está decidida a reabrir el problema religioso en España. Sin embargo, el problema religioso tendría hoy escaso recorrido si se aplicaran las políticas y las respuestas adecuadas. Y no sólo porque la Constitución de 1978 estableció un acuerdo que compromete a todas las partes, sino también porque, aunque la Iglesia parezca decidida a lanzar una cruzada, de momento no convoca ante los púlpitos a los voluntarios necesarios. Por eso, y no por otra cosa, tiene que hacer ruido en las calles.

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La celebración

Anteayer me acerqué a la Iglesia de San Isidoro para coger un pasquín de los que anunciaban una manifestación para el día de hoy, en Madrid, en apoyo a la familia cristiana, que se ve que anda muy acorralada con tanto laicista radical suelto. Desgraciadamente no pude enterarme de mucho. Supe, eso sí, que no se trataba de una manifestación sino de una “celebración”. Matiz importante. Los unos “se concentran” (recordad la Plaza de Oriente), estos “celebran”… Sólo el rojerío ateo se manifiesta y provoca desordenes callejeros (no puedo olvidarme de aquel asalto al Corte Inglés de no sé dónde en el que un barbudo “sans coulotte” se escapó con un jamón ¡Qué imagen tan patética! Y seguro que no supo escoger y se escapó con un Navidul de bodega).

Pero volviendo al pasquín, digo que no pude enterarme de gran cosa porque el reverso no decía nada; y en el averso sólo se anunciaba lo de la celebración de apoyo y la actuación estelar, retransmitida vía satélite, de ese hombre al que le gustan tanto los sombreros y gasta unas túnicas carísimas.
Esta tarde he visto varios telediarios y la página digital de algún periódico. Hasta en el sitio de la emisora eclesial he entrado. Pero no acaba de quedarme muy claro para qué era esa manifestación. Según el medio, dicen que había miles, cientos de miles, un millón, millón y medio, y hasta dos millones. Pero no acabo de comprender qué es lo que se quería demostrar ¿Que son muchos? Eso ya nos lo va a decir Esperanza Aguirre, que tiene práctica en recuentos de este tipo.
Tras dedicarle algo de tiempo a la reflexión, la conclusión que saco tras la celebración de todo este aparato neocatecumenal es la de haber presenciado un acto de precampaña electoral. Toca sacar las huestes a la calle dos meses antes de las elecciones; y ya sabemos que en este país nuestro la Iglesia católica nunca se ha metido en política; que su reino no es de este mundo; y que da al césar lo que es del césar y más si hace falta.
Por lo demás no ha habido nada nuevo bajo el sol esta mañana. Me he llevado una grandísima decepción. Los canales informativos insisten en el mismo mensaje: severas críticas al aborto porque la única forma de concebir el orígen y desarrollo de la vida, y del propio ser humano, es la que los señores de negro manejan. Críticas al matrimonio homosexual porque no es matrimonio… Y aquí sí que les doy la razón: el matrimonio homosexual no es tal matrimonio porque no existe. Lo que existe es el matrimonio civil, que puede celebrarse entre dos contrayentes con independencia de su sexo. Y tal parece que la Iglesia admite el matrimonio civil “hetero”, pero tampoco; tampoco lo admite. Para ellos sigue siendo un amancebamiento inadmisible. Además ha habido críticas al divorcio, sobre todo al “exprés” (se nota que lo de la economía procesal no es muy del agrado de la jerarquía católica); y al laicismo radical: ése que urden los masones en sus logias.
Y parece ser que la democracia va a desaparecer de continuar José Luis Rodríguez Zapatero en el poder. ¿Conclusión? ¡Hay que votar a Mariano Rajoy!
Por supuesto que esta mañana no se habló de las mujeres que son asesinadas todos los años en el seno del contrato sacramental de convivencia o fuera de él; tampoco de esos adolescentes de pantalón corto y ropajes ceñidos que van por ahí, provocando para que “los abusen”; ni del caso Gescartera, a la espera de sentencia, y las inversiones financieras de las monjitas misioneras; ni de las indemnizaciones millonarias pactadas con los esquimales, ni de… Sólo se habló de la familia. De la familia cristiana amenazada por el bolchevismo internacional.
¿Hacía falta este guateque y las horribles canciones de los kikos, guitarra en ristre, retumbando en la plaza de Colón, para decir las mismas majaderías que llevan proclamando desde hace no sé cuántos años? Supongo que sí, que la necesitan para movilizar a su electorado o, mejor decir, para movilizar al electorado de otros -que ellos no se meten en política-. A dos meses de una cita con las urnas la jerarquía católica pone una vez más sus cartas sobre la mesa y, supongo, también juega a la vez su propia partida interna: En la Conferencia Episcopal empiezan a moverse los peones (estos también son negros) para descolocar a Ricardo Blázquez.
Sigo pensando como pensaba. Hay pasos dados que no admiten una revisión negativa (lo decía ayer con el aborto); pero nada hay conquistado en España (ni en ningún lugar) de forma permanente. Debemos agradecerle al Sr. Rouco Varela y al neocatecumenal Kiko Argüello estos juegos florales que a mí me recuerdan particularmente dos cosas: una, que las hogueras pueden encenderse en cualquier momento por nuestro bien y el de nuestra alma. Y otra, que aunque sea domingo, hay quien no dice que tiene mucho que hacer y está dispuesto a madrugar para pasar frío en Madrid.
Ellos no descansan, nosotros sí.

El aborto en España

Sucede todos los años; lo que pasa es que en éste le hemos prestado un poquito más de atención al asunto por la proximidad de la cita electoral: varias clínicas privadas en las que se practican interrupciones de embarazos han sido atacadas por los “apóstoles de la vida”; ésos que un día evangelizan el mundo y otro salvan a la patria. La llamativa expresión incívica suele acaecer el día 28 de diciembre de cada año, coincidiendo con la onomástica de Herodes (aquel rey que temió con mucha razón por la supervivencia de su poder terrenal), y consiste en la realización de algún asalto que otro, pintadas injuriosas o concentraciones espontáneas en las que se puede escuchar un vocabulario selecto.
Al margen de esa fecha, estos grupúsculos celebran otras conmemoraciones similares que van desde el “día del niño no nacido” hasta el paseo urbano con hucha incluída.
No es la primera vez que camino del trabajo me para una señora encopetada, ataviada con un visón (casi nunca veo señores en estas empresas), pidiéndome un óbolo “para ayudar a los niños”. ¿Para ayudarles a qué?, respondí en una ocasión. ¿Para que no los maten?. Entonces no pida para ayudar, pida para que no los maten. ¿Dónde los matan?¿Aquí, en España? … Bueno, es una campaña de Adevida en contra del aborto… Haber empezado por ahí, mujer: ¡Ni un euro! Seguí caminando y todavía me dio tiempo a escuchar a la mujer preguntar… Pero ¿por qué?
“Alternativa Española”, “Nación y Revolución”, “Adevida”,y otras organizaciones, forman parte de ese fragmentado espectro bicolor que se apunta tanto a preservar la españolidad de Navarra, festejar las beatificaciones concebidas en la cadena de montaje vaticana, o concentrarse ante las clínicas privadas que, cumpliendo la legislación aprobada por el Parlamento de la Nación, practican abortos.
Hoy ha vuelto a suceder. No se sabe quién ha llenado de pintadas la clínica Isadora, establecimiento que, entre otras muchas cosas, forma parte de la red de centros puestos en marcha desde la iniciativa privada para hacer posible el aborto de aquellas mujeres que, cumpliendo los requisitos que establece la ley, manifiestan esta voluntad. Y no es un acontecimiento aislado: durante los últimos días -lo decía antes- son varias las instalaciones sanitarias que se enfrentan a la misma situación, llegándose incluso hasta a denunciar algún asalto.
No me cabe duda de que hay gentes que no se plantean ni de lejos la posibilidad de que quepan en el mundo otras opciones ideológicas diferentes a la suya: Si ellos tienen una concepción determinada en torno al origen de la vida, ésa es la única posibilidad que existe. Si tienen una concepción concreta de cuál ha de ser la familia a la que el Estado ha de arropar bajo sus alas protectoras, ésa ha de ser la única familia a considerar. Si tienen una concepción de “la verdad”, ésa y no otra, es la verdad a tener en cuenta. Si tienen un esquema educativo concreto, ése es el único a aplicar; y cuando a alguien se le ocurre cuestionarlo gritan contra el adoctrinamiento que les es impuesto por el rojerío. Todo lo demás sobra sin que haya lugar a cuestionarse absolutamente nada. Y lo que es más grave: sobran quienes piensan diferente; quienes se salen del redil; quienes tienen otra concepción vital o ideológica. Es, ni más ni menos, el destino a que aboca desde siempre el dogmatismo.
Así las cosas, durante estos días hemos visto vacilar al partido que sustenta el Gobierno en torno a la elaboración del programa electoral y la inclusión en el mismo del aborto y la reforma de la legislación aplicable en la actualidad.
Cuando en los años ochenta se abordó el problema se enfrentaron tres posiciones diferentes: La contraria, inasequible al desaliento y que sigue hoy latiendo en cada asalto y alboroto; y dentro de las favorables, una corriente posiblista y otra maximalista. La maximalista concebía -y lo sigue haciendo- el aborto como un derecho de la mujer a disponer de su cuerpo, de su propia integridad y existencia; la posibilista pretendía sacar adelante una ley de mínimos que introdujera un cambio legislativo trascendente en medio de un tenso debate. Esta fue la posición sostenida por el Gobierno de Felipe González y que mantuvieron sin reformar los sucesivos Gobiernos de José María Aznar.
La reforma legal afectó fundamentalmente al Código Penal, despenalizando el aborto en tres casos concretos: Cuando el embarazo tiene su causa en una violación, en cuyo caso el aborto puede practicarse mientras el feto no supere las doce semanas de existencia; cuando el feto se ve afectado por malformaciones que afectan a su viabilidad, ampliándose el plazo en este supuesto a veintidós semanas; y cuando es la mujer la que sufre algún tipo de daño para su salud que deriva directamente del embarazo, en cuyo caso no existe limitación temporal alguna.
El problema que se plantea no puede ser examinado, a mi modo de ver, entrando en el debate de si se suprime una vida humana o no, o si el feto tiene una determinada forma a partir de tantas semanas de gestación; entiendo que esa situación ya ha sido superada con independencia de que cada cual tenga sus opiniones. Ha de irse más allá: La existencia de casos en los que se plantea una despenalización del aborto no permite una revisión negativa o restrictiva; es decir, esta fuera de lugar desandar lo andado. Tampoco cabe el silencio ante la situación que en la actualidad se plantea. Existe, además, una fundada opinión de la comunidad científica que permite un mejor conocimiento de la problemática a la que nos enfrentamos. Y, por supuesto, dejo a un lado todo aquello relacionado con las concepciones vitales manejadas por algunas confesiones religiosas, en especial la católica, pues en tanto que íntimas y personales no pueden afectar a lo que se legisle desde los poderes públicos de los que se dota la sociedad civil.
¿Cuál es esa situación ante la que nos encontramos? En España son las clínicas privadas las que practican abortos. Apenas sí llegan a un tres por ciento anual las interrupciones de embarazo que se practican en la sanidad pública. Y además se ha reconocido “de facto” un dudoso derecho de objeción de conciencia al personal médico, lo que lleva, probablemente, a que desde el erario público se sostenga a todo un entramado de clínicas particulares que, de no existir, harían inútil toda la legislación existente. Por otro lado la despenalización se ha visto superada por la realidad. Entre los supuestos que antes citábamos indicábamos uno en el que no existía plazo al que ajustarse para practicar la interrupción del embarazo: aquel en el la madre corre algún tipo de riesgo de proseguir con la evolución normal de la gestación. La realidad es que dado que en España no existe la posibilidad de que una mujer decida libremente si quiere o no continuar con su embarazo (deben darse unos supuestos concretos y tasados para poder abortar), se produce habitualmente un fraude de ley consistente en que un profesional médico certifique que la mujer sufre, con el embarazo, algún tipo de trastorno o disfunción psicológica grave que hace necesario practicar la interrupción del embarazo.
Debemos reflexionar en profundidad sobre qué queremos hacer de nuestra normativa y cómo queremos que se consoliden los derechos adquiridos por las ciudadanas de nuestro país. Se empieza a hablar, creo con cierta consistencia ya, de introducir en nuestro ordenamiento jurídico una “ley de plazos” que acabe con este sistema que, si bien en un determinado momento pudo ser el más adecuado y posible, en el momento actual se revela como insuficiente y superado por las circunstancias.
Siempre existirán otras posiciones. Algunas concebidas creo que con respeto y desde opciones diferentes que no hacen sino enriquecer los debates y la expresión de la opinión vertida. Pero también existirán agitadores y asaltantes; oportunistas electorales; tibios que se lavan las manos. Eso no debe asustar ni impedir que, con valor, seamos capaces de afrontar esta realidad y dar una respuesta que, en mi modesta opinión, se convertirá en un paso adelante más en la conquista de derechos sociales y en el progresivo asentamiento de ese lento caminar del laicismo en España, que no persigue otra cosa que solidificar nuestra democracia.
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La cruzada de Benedicto XVI

En mi repaso nocturno de la prensa del día, encuentro junto con la agradable noticia de que por fin a alguien se le ocurre buscarle una solución al dislate legislativo que mantenemos en España en torno a la regulación del aborto, este artículo de Paolo Flores D´Arcais.

Creo que del texto algo se puede aprender. Mucho, en mi modesta opinión. Confío en que compartais mi opinión.
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Con la publicación de la encíclica ‘Spe salvi’, el Papa arremete de nuevo contra la autonomía del ser humano: todo cuanto no se subordine a los dictados de la Iglesia católica, incluida la democracia, es ilícito

La Cruzada continúa. La encíclica de Benedicto XVI Spe salvi, del pasado 30 de noviembre, ratifica y radicaliza el anatema de la Iglesia católica contra una modernidad culpable de desobedecer a Dios y que se está despeñando por tal causa en la desesperación del nihilismo.
La culpa inexpiable reside en darse el hombre por sí mismo sus propias leyes
El mundo sólo puede escapar del estigma de la desesperación acatando la moral católica
El outing es ahora completo. Incluso la democracia es mentira si la soberanía de los hombres no se subordina al imperio de la “ley natural”, es decir, si la libertad no coincide con la obediencia a los ucases de la Iglesia, única intérprete autorizada de tal “ley natural” y de la voluntad de Dios con la que esta coincide. La democracia debe ser cristiana, pues en caso contrario será deshumana.
El misterio ha quedado finalmente resuelto. El culpable es Voltaire o, mejor dicho, Bacon incluso. El Mal es la Ilustración, el proyecto de autonomía del hombre. Autos-nomos, el darse el hombre por sí mismo sus propias leyes, en vez de recibirlas de Dios, o de sus subrogados y ministros (la “Naturaleza” y la Iglesia jerárquica), ahí reside la Culpa inexpiable. El Enemigo (en el sentido preciso de las Escrituras) es la razón que prescinde de Dios, la razón que trabaja iuxta propria principia, la razón que razona, en definitiva.
El autos-nomos, la pretensión de soberanía para todos y cada uno, es más, supone la caída de la humanidad en el Averno de los totalitarismos, donde todo es llanto y crujir de dientes, y cosas peores aún: el Terror de Robespierre y Saint Just y el Gulag de Stalin. A eso se llega, inevitablemente -Ratzinger dixit- si el hombre, en sus relaciones con la naturaleza y con los demás hombres (ciencia y política), se comporta como si Dios no existiera, es decir, si toma en serio la propuesta de Grocio que salvó a Europa de la autodestrucción de las guerras civiles de religión: Etsi Deus non daretur. Precepto, por lo tanto, que es -históricamente hablando- la única auténtica e indiscutible raíz de Europa.
Nada nuevo, se dirá. Extra ecclesiam nulla salus es la piedra angular -desde hace siglos- de todas las exigencias “papistas”. Tales exigencias, sin embargo, llevaban varios decenios puestas en sordina. La propia Iglesia parecía -no sin razón- avergonzarse de su pasado “constantiniano” y de sus anatemas contra la ciencia, el liberalismo, la democracia (dispuesta incluso a pedir perdón por algunas cosas). No se citaba ya el Sílabo sino el Concilio Vaticano II.
Desde entonces es como si hubiera pasado un siglo. Con el papa Wojtyla primero, y con el papa Ratzinger ahora (que fue el más estrecho colaborador de Wojtyla en la redacción de encíclicas cruciales como Veritatis splendor y Fides et ratio) los contenidos esenciales del Sílabo han vuelto a recobrar auge: la soberanía pertenece a Dios, un Parlamento -democráticamente elegido por los ciudadanos- que actúe contra la “ley natural” (por ejemplo con una ley que autorice el aborto, aunque sea de forma limitada) se convierte ipso facto en ilegítimo. Así lo manifestó Wojtyla en Varsovia, solemne de furor y de cólera, contra el Parlamento polaco (¡el primero libremente elegido tras medio siglo de comunismo!). El aborto como “genocidio de nuestros días”, como un nuevo holocausto. Una mujer que escoge el drama del aborto es tan culpable como el soldado de las SS que arroja a un niño judío al horno crematorio. El mundo laico hizo como si no oyera o no comprendiera, subyugado por la fascinación mediática.
Ahora, tal actitud no resulta ya posible. Para quien pretenda buscar coartadas, el Papa alemán ha eliminado cualquier duda. O Dios o la soberanía popular. No deben tomarse como exageraciones polémicas. El razonamiento teológico-político de Joseph Ratzinger es compacto, lineal y -en su lógica confesional y dogmática- perfectamente coherente.
Veámoslo. La modernidad aspira a cimentar la existencia del hombre en el binomio razón + libertad, autónomamente, prescindiendo del Dios de la Iglesia. Pero de la “acción” del conocimiento (la ciencia baconiana) se pasa inevitablemente a la “acción” de la política, siguiendo una idea ilustrada de “progreso” como “superación de todas las dependencias”. Libertad ilimitada, libertad perfecta “en la que el hombre se realiza hacia su plenitud”. Ya sabemos cómo acabó todo (Robespierre y Stalin) y sabemos también por qué: el ateísmo como resultado de la Ilustración.
Por lo tanto “es necesaria una autocrítica de la edad moderna” que debe tener lugar “en diálogo con el cristianismo y con su concepción de la esperanza”. El eufemismo “diálogo” no nos debe llevar a engaño: “sólo Dios puede crear justicia”. Y, préstese atención, “no un dios cualquiera, sino ese Dios que posee un rostro humano y que nos ha amado hasta el final”. El Dios/Jesucristo de la Iglesia jerárquica, de la Verdad consignada en los concilios de Nicea y Calcedonia, como ha sido remachado por el Papa alemán en su reciente libro best-seller.
Pero tal “concepción de la esperanza”, según la encíclica, equivale ni más ni menos que a la certeza de la fe. El mundo, y en especial el Occidente que ha surgido de la modernidad, sólo puede escapar del estigma de la desesperación a través de “la apertura de la razón a las fuerzas redentoras de la fe, al discernimiento entre el bien y el mal”. Obviando las perífrasis, pensando y actuando con obediencia a la moral católica. De la vida a la muerte, siguiendo todas las etapas de la sexualidad, y sin olvidar la investigación científica. Células estaminales, aborto, contraceptivos, institución matrimonial, educación escolar, interpretación del darwinismo, terapias del dolor, eutanasia: todo debe obedecer a la “ley natural”, sinónimo puro y llano de la voluntad confesional de la Iglesia jerárquica.
Desde un punto de vista cultural, bastaría con responder al Papa teólogo que la modernidad, para empezar, no es fundamentalmente, como él pretende hacernos creer, Terror y Gulag, porque de las tres revoluciones “burguesas”, de Cromwell, de los girondinos, de Jefferson, nació una forma de convivencia extraordinaria, hasta entonces desdeñada como utopía, la democracia liberal (cuyos principios pisotean, con demasiada frecuencia, los establishment de Occidente en sus acciones cotidianas). Y que Nietzsche y Marx, por no hablar de Bacon y de los ilustrados, no se parecen en absoluto al prontuario paródico pregonado en la Spe salvi.
Pero Joseph Ratzinger, a pesar de los indudables y prepotentes artificios académicos que animan su pluma, es un hombre de poder lo suficientemente desencantado como para saber que el peso de una encíclica no depende de su claudicante aleación cultural.
De ésta proporcionó, por lo tanto, una auténtica interpretación política al día siguiente, hablando frente a los representantes de las organizaciones humanitarias no gubernamentales (ONG) de matriz católica, al acusar a diversas agencias de la ONU de “lógica relativista” que niega “ciudadanía a la verdad acerca del hombre y de su dignidad, así como a la posibilidad de una acción ética fundada en el reconocimiento de la ley moral natural”. A tal tendencia es necesario oponer los “principios éticos no negociables” de los que la Iglesia es depositaria.
Como puede verse, con su outing contra la ilustración y el autos-nomos democrático, el papa Ratzinger se postula explícitamente para el liderazgo mundial del fundamentalismo religioso, el no terrorista, obviamente. Su próxima intervención ante las Naciones Unidas, prevista para el 18 de diciembre, constituirá el acto oficial y solemne de todo ello. Confiemos en que, al menos ese día, “quien tenga oídos para oír, que oiga”.

Paolo Flores d’Arcais es filósofo y director de la revista MicroMega.

Donde las cosas se tuercen

La semana pasada leía una frase del Sr. Ratziger, cabeza visible del Estado Vaticano, cargada de razón: Las cosas comenzaron a torcerse con la Revolución Francesa. Evidentemente se torcieron para lo que él representa, robándole la tranquilidad del sueño. Y visto desde otra persepectiva, la que a mí me atañe individualmente y con la que nos identificamos muchas personas, también podría decirse que “las cosas” comenzaron a enderezarse a partir del episodio revolucionario del país vecino, con el nacimiento del Estado-Nación, los cimientos de la moderna concepción de separación entre iglesias y Estado, o el desarrollo del humanismo en los ámbitos de la justicia y poder civil, por citar algunos ejemplos trascendentes que molestan a las jerarquías religiosas en general. No puede negar nadie que la posición del actual Papa de Roma encaja a la perfección con lo que la alta dirección eclesiástica ha venido sosteniendo desde sus primeros tiempos, aquellos en los que pasaron de ser perseguidos a covertirse en perseguidores. No debería por tanto extrañar que esto sea así; pero por la misma razón tampoco debe asombrar que el espíritu de la razón, una vez que se alumbró la llama, siga latiendo en alguna parte del mundo, y haya también quien levante la voz en medio del vendaval de ruido para exponer una amarga queja o, mejor, un aullido de protesta.
Afortunadamente, esa posición de resistencia frente a los intentos reiterados de construir una sociedad supeditada a las convicciones religiosas de unos u otros, ya no se reduce a esta o aquella organización; a este colectivo o al de más allá; las cosas han experimentado desde aquel 14 de Julio en que se desmontaron las piedras labradas de La Bastilla una cierta evolución, y son muchas las organizaciones e individuos con reflejos suficientes para echarse las manos a la cabeza cuando hace falta.
No sé si esa pluralidad “protestante” a la que me refiero provoca que los gobiernos de los países reaccionen a veces con acierto frente a esos intentos de imponer a la generalidad de la sociedad la esencia y consecuencia de un credo determinado. A la inversa, el silencio que a veces también resuena, permite que los titubeos se adueñen de todo y podamos contemplar escenas curiosas, como la de nuestra Vicepresidenta del Gobierno en pleno besamanos en la Ciudad del Vaticano, soportando (no sé si porque quiso o no le quedó otro remedio en este impasse electoral) esa monserga clerical según la cual no puede construirse una sociedad al margen de Dios.
Quiero con esto criticar la flojera que en los últimos tiempos le ha entrado a casi todo el mundo en España. Me vienen a la memoria el colectivo de profesores, sindicatos y sindicantes, que apenas si respondieron bajito a los que comparaban la Educación para la Ciudadanía con una roja formación del espíritu nacional; o el colectivo médico, que ha guardado silencio monacal mientras una teledirigida y rancia gallega interponía una denuncia frente a varios investigadores que utilizaban células madre en sus estudios; o el propio Gobierno de este patio de Monipodio, que no para de lanzar desde los medios de comunicación afines, mensajes de renuncia para encerrar en el armario al fantasma del Frente Popular.
Esto último es quizá lo que más me ha molestado: Las renuncias a tratar cuestiones como el aborto o la eutanasia en el próximo programa electoral socialista me producen una desorientación tremenda. Y es que este camino hacia la moderación etiquetada emprendido de forma tan repentina no acaba de convencerme. Menos me motiva aún el hecho de que dentro del catálogo de renuncias se incluya también la denuncia de los acuerdos de 1979 suscritos con la Iglesia católica, cosa ésta que quedará pospuesta por los siglos de los siglos y sin remedio a la espera, quizá, de una mayoría absoluta que permita coger el toro por los cuernos.
No dejo de reconocer un hecho: hay poderes mediáticos que tienen un peso tremendo y que ejercen la función de flautista de Hamelin con notable éxito. Desde los telepredicadores del apocalipsis matutinos, hasta lo que pretende ser prensa seria levantada a costa de titulares de negra falsedad, existe una retahila de instrumentos y libreros que hacen calar sin mucha dificultad en una parte de la población el mensaje de la tragedia y hasta el de la conjura masónica. Frente a eso es difícil luchar cuando los propios útiles afines están más pendientes de los réditos que pueden sacar con la cobertura de determinados eventos deportivos, y se pierden en una algarada mediática: millones de euros gritan su cólera por los aires…
Pero frente a este incansable flautista presente siempre entre nosotros, que no cesa de soplar y soplar, no acaba de surgir una voz con suficiente fuerza: no nos sirven las pequeñas agrupaciones; ni las asociaciones de ateos a las que encima se censura desde un supuesto progresismo más bien cateto; ni tampoco el silencio cómplice de las castas funcionariales o de los elegidos de turno. Nuestros corazones “protestantes” se han quedado adormecidos, muertos de éxito o de miedo, no sé bien; incapaces de agitar las calmas aguas de este estanque por el que navega la historia. A lo mejor el rumbo se vuelve a enderezar y don Benedicto recobra el sueño. Yo confío, sin embargo, en que siga teniendo largas noches de insomnio.
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¿Ha pedido perdón monseñor Blázquez?

Cuando tuve conocimiento de las palabras del Presidente de la Conferencia Episcopal, el Sr. Blázquez, en las que dejaba entrever una muy matizada y supuesta petición de perdón por los pecados cometidos, llamó más mi atención el tratamiento dado a la declaración por la prensa y otros medios de comunicación que lo dicho propiamente por el Obispo de Bilbao.
Tuve la impresión en un primer momento de que se lanzaban por algunos sujetos las campanas al vuelo con cierta precipitación. Finalmente, la voz delicada del bilbaíno fue laminada por el discurso belicoso de Don Camino, portavoz de la jerarquía católica en nuestro país, y uno de los actores que participa activamente en la batalla que se libra en la cúpula eclsiástica española entre lo malo y lo peor.
Casualmente, con ese panorama de fondo, llega a mis manos hoy el artículo de Juan José Tamayo que traigo aquí. Me parece que puede aportar algo. Buena lectura y felices sueños.

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El discurso de monseñor Blázquez en la inauguración de la XC Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española ha sorprendido a tirios y troyanos por su distanciamiento de los discursos numantinos y frentistas de otros colegas en el episcopado que no pierden ocasión para atacar al gobierno y condenar a los legisladores. Son los mismos que utilizaron la beatificación de 498 mártires como arma arrojadiza contra la Ley de la Memoria Histórica.
Blázquez no ha ido tan lejos como la Asamblea Conjunta de Obispos y Sacerdotes, de 1971, que sometió a votación la siguiente propuesta: “Reconocemos humildemente y pedimos perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos `ministros de reconciliación’ en el pueblo dividido por una guerra entre hermanos”, y que contó con más del sesenta por ciento de apoyo, aunque no fue aprobada porque el reglamento de la Asamblea exigía la aprobación de dos terceras partes de los votantes. Pero ha recuperado el lenguaje del perdón y de la misericordia, tan evangélico y, al mismo tiempo, tan olvidado por los funcionarios de Dios, que prefieren el lenguaje de la confrontación. Con un matizado y tímido “probablemente” y no pocas cautelas el presidente de los obispos españoles ha afirmado que “ante actuaciones concretas…. debemos pedir perdón y reorientarnos, ya que la `purificación de la memoria’… implica tanto el reconocimiento de las limitaciones y de los pecados como el cambio de actitud y el propósito de la enmienda”. No se puede hablar de un discurso de ruptura, aunque sí, ciertamente, de un salto cualitativo que, en medio del actual neoconservadurismo eclesial, no podemos minusvalorar.
Blázquez da todavía un paso más al referirse, junto a los mártires cristianos, “a las personas que han mantenido sus convicciones y han servido a sus causas hasta afrontar las últimas consecuencias”. A diferencia de los discursos de la beatificación en Roma, que olvidaron a las otras víctimas de la guerra civil, el obispo español reconoce que aquel acto “no supone desconocimiento ni minusvaloración del comportamiento moral de otras personas sostenidas con sacrificios y radicalidad”. Más aún, dice inclinar la cabeza “ante toda persona que lucha honradamente por la libertad de los oprimidos, por la defensa de los pobres y por la solidaridad entre todos los hombres”. Es un texto claramente inclusivo, aunque sigue sembrando sospechas sobre la Ley de la Memoria Histórica, aprobada por la mayoría de las fuerzas parlamentarias. ¿Por qué esta Ley abre heridas del pasado y la beatificación de los mártires no?
El discurso refleja las tensiones que existen dentro de la Conferencia Episcopal, dividida hoy en dos grupos con proyectos coincidentes pero con estrategias distintas: el representado por Rouco y Cañizares, que durante toda la legislatura viene optando por la resistencia numantina, y el del propio Blázquez, que no se ha opuesto a dicho discurso, pero tampoco lo ha apoyado explícitamente. Estamos, sin duda, ante una primera toma de posición de cara a las elecciones que se celebrarán en la Conferencia Episcopal en 2008 coincidiendo con las elecciones generales y que, previsiblemente, serán muy reñidas.
En el discurso echo en falta, empero, mayor concreción en la petición de perdón. Me hubiera gustado encontrar referencias directas a actuaciones tan poco loables como la complicidad de la jerarquía con el franquismo casi hasta el final y la legitimación del golpe militar a través de la Carta Colectiva del Episcopado Español de 1 de julio de 1937, que tanto y tan negativamente influyó en la opinión mundial, sobre todo entre los católicos, y que, con un lenguaje claramente maniqueo, presentó a la República como agente del comunismo y enemiga de la Iglesia y a los sublevados como defensores de la civilización cristiana. El lenguaje de Blázquez sobre la guerra civil resulta vago y descomprometido. Se limita a pedir a los historiadores que investiguen sobre lo ocurrido, sus causas y consecuencias. Pero no dirige una sola palabra de condena del golpe militar, ni se distancia del mismo. Creo que es de los pocos episcopados católicos del mundo que no han condenado comportamientos de este tipo.
Igualmente he echado en falta en el discurso una condena del franquismo, de las ejecuciones sumarísimas con nocturnidad y alevosía que se sucedieron en la inmediata posguerra, de la represión sistemática durante los cuarenta años, etc., que los mismos obispos legitimaron, al menos con el silencio, lo que les hace cómplices. La fecha misma del discurso, tan cercana al 20- N, parecía la más indicada para dicha condena. La Asamblea Conjunta fue explícita a este respecto y expresó la necesidad de que jerarquía de la Iglesia española estuviera atenta y se pronunciara con prontitud ante los las situaciones y los acontecimientos contrarios a los derechos humanos nos de la comunidad o de algunos grupos. Se dirá que dicha condena sería hoy puramente retórica y que no tendría efectos de ningún tipo. No es verdad. La denuncia constituye un ejercicio de crítica de los tiranos, de “memoria subversiva” y de rehabilitación de las víctimas. La denuncia profética de las injusticias y de los atentados contra los derechos humanos es, además, una constante en la tradición judeo-cristiana, desde los profetas de Israel, pasando por Jesús de Nazaret, hasta los profetas de nuestro tiempo. La negativa a condenar el franquismo está siendo hoy la tónica general de los obispos, alegando, como monseñor Sánchez, obispo de Guadalajara y ex secretario general de la CEE, que la dictadura no se puede condenar en bloque porque no todo fue malo, también hizo cosas buenas. ¿Es Blázquez del mismo parecer?
El cambio de tendencia al que parece apuntar el discurso debe traducirse en prácticas más tolerantes y menos beligerantes de la jerarquía con leyes y actuaciones políticas que amplían el horizonte de los derechos humanos y mejoran las condiciones de vida de los ciudadanos y ciudadanas, más abiertas a los nuevos climas culturales, más dialogantes con los sectores de base dentro de la Iglesia y más sensibles a los problemas reales de la sociedad. Y pasar del “debemos pedir perdón” a una auténtica declaración pública de perdón de la iglesia católica! Mientras esto no suceda, no será creíble. ¿Ha pedido perdón el presidente de la Conferencia Episcopal? Ciertamente, no. Se ha limitado a expresar un tímido deseo y quizás, una piadosa intención, pero con deseos y buenas intenciones no se corrige el rumbo errático de la historia ni se construyen alternativas. Ése es el gran desafío.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y de Ciencias de las Religiones, de la Universidad Carlos III de Madrid; también uno de los exponentes intelectuales de la Teología de la Liberación y autor, entre otras obras, de “Adiós a la Cristiandad”

Ecos de sociedad

Estos han sido días propicios para seguir los ecos de sociedad eclesiásticos y dar algún salto que otro. Sin ir más lejos, durante el fin de semana me enteré de la nueva buena del premio extraordinario concedido por Don Rouco a Don Camino. Ya es Obispo Auxiliar el jesuíta asturiano, tan triste él porque los hijos habidos en los matrimonios civiles y fuera de ellos, tienen derecho a recibir el maná estatal que reparten los despiadados laicistas que nos gobiernan.

Me quedé de piedra al enterarme de que España vuelve a ser un territorio “martirial”; un país de misión. Es lo que ha dicho otro de los rostos más famosos del entorno clerical, el Príncipe de la Iglesia, Sr. Rouco Varela. En eso del martirio y de la misión debe residir la causa de este ascenso en el cuartel general de lo más florido, granado e intransigente de la Conferencia Episcopal española.

A la vez que Martínez Camino exhibía con regocijo sus nuevos galones, el Cardenal Rouco participaba en la reunión que durante el fin de semana celebraban los Propagandistas españoles.

En alguna ocasión hemos dedicado en este espacio una referencia a la Asociaciación fundada por el Cardenal Herrera Oria, y que a día de hoy tienen un importante peso en la dirección de la Cadena de Ondas Populares de España, así como una ingente presencia en el sector educativo. Ahí está la Universidad de San Pablo y un rosario de centros privados, de los que se sostienen gracias a este estado aconfesional en el que hasta los ateos encendemos el fuego de los cirios. Precisamente uno de esos centros está a punto de saltar a la fama por aguantarle el pulso a la Generalitat de Catalunya, negándose a cumplir la ley y “objetando” a la hora de impartir la nueva asignatura de “Educación para la Ciudadanía”.

El caso es que en este animadísimo fin de semana a partir del cual contamos con un nuevo Obispo, el Sr. Rouco ha vuelto a llamar la atención sobre la tragedia que vive España: inundada por el laicismo militante y radical; angustida por la traición que se ha cometido con “la ley natural”; y con la divinidad expulsada del seno de la sociedad. Pobrecita España. Pobrecita y católica España, desgajada de sus raíces íntimas cristianas. A punto de romperse en mil pedazos. Llena de mártires de hoy y de beatos de ayer a mayor gloria de los amores fraternos y de las ansias de reconciliación nacional.

Es sabido que el problema que plantea este discurso que lleva a la práctica la alta jerarquía de la Iglesia católica, no es otro que la incompatibilidad con una socidad laica. Ha interesado en todo momento confundir los términos y, ya lo hemos dicho muchas veces, hasta se puede decir que la estrategia ha tenido éxito. Hay quien piensa , ingenua o interesadamente, que vivimos una materialización plena de la separación entre Iglesia y Estado; hay también quien cree que el laicismo es el nombre que se da a las cenizas humeantes después de que las llamas devoran los cimientos de los lugares de culto. Y, creo que se trata del peor error, también hay quien piensa que existe una cosa que se llama “laicidad”, y que identifica con este estado de cosas con el que convivimos: dinero, financiación, subvenciones, convenios… ¡Siempre el poderoso caballero de por medio! Con confusión de términos incluída, lo único que interesa a nuestros clérigos es mantener la buena salud de la caja de caudales. Y el poder. El dominio que sobre tantas cosas han tenido en este reino que no es de su mundo. Ese es el eco que queda en mis oídos arrullado entre los pliegues de las sotanas.

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Militante

Hace unos días leía algo de Manuel Vicent que reproduzco a continuación. Intento con esta transcripción seguir esa línea que ha animado a este blog desde el principio: Difundir cierta forma de pensamiento o apuntalarla utilizando aquellas herramientas que encuentro a mi alcance y me resultan útiles o interesantes.
Así que mientras se caen pilares en las estaciones de Barcelona y surgen de la tierra enormes socavones por doquier, entretengo mis mañanas con cosas que me resultan más agradables. Confío en que mi buen gusto sea compartido por una amplia y sólida mayoría.
Por la libertad de conciencia.
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Militante.-
Es evidente que el gobierno socialista tiene miedo a la Iglesia. En cambio la Iglesia, lejos de temer al gobierno socialista, lo desafía abiertamente en su propio terreno. Frente a la Ley de la Memoria Histórica defendida por la izquierda no sin pudor, la Iglesia militante acaba de lanzarle un órdago a la cara y con el apoyo de la derecha montaraz se dispone a beatificar de una tacada en San Pedro de Roma con todo el boato, a 498 religiosos españoles asesinados durante la guerra civil y a crear en Valencia un oratorio de las víctimas junto a la ruta turística de la Ciudad de las Artes. Esta es la diferencia.
Mientras el gobierno socialista trata a duras penas de sacar de las cunetas y de las fosas comunes a los asesinados del bando republicano y de reivindicar la inocencia de cuantos fueron condenados a muerte en juicios militares sumarísimos sin ninguna garantía, la Iglesia bajo la divisa de la santa desvergüenza eleva a sus mártires de la guerra civil a los altares por si aún no tenían bastantes rótulos de calles, monumentos y cruces en las fachadas de los templos, con lo cual la división de las dos Españas va a ser consagrada por toda la eternidad en la tierra, en el cielo y en el infierno.
Como si se tratara de un material radioactivo muy peligroso al que hay que acercarse con trajes de amianto, el gobierno socialista no se atreve a denunciar el Concordato ni a imponer el estado laico. Se ha dicho que el gran milagro de la Iglesia es que exista todavía después de los escándalos que ha protagonizado a lo largo de la historia.
Torturas, hogueras, crímenes, incestos papales, guerras de religión a sangre y fuego no han sido suficientes para que sus fieles hayan perdido la fe. No es ningún misterio. Gracias al terror de la gente sencilla al más allá hoy la Iglesia conserva todavía un enorme poder en nuestra sociedad y no está dispuesta bajo ningún concepto a renunciar a esa carta marcada, que en el momento de la agonía se saca de la manga para jugarla sobre los despojos mortales.
En España, frente a una exigua minoría que prefiere un funeral laico para despedir al difunto con la lectura de un poema de Rilke o con un lieder de Schubert, son multitud los que llevan el cadáver al templo donde el cura de turno se lo apropia, en muchos casos le felicita por haber muerto, le franquea alegremente por su cuenta las puertas del paraíso y después consuela a la familia anunciándole que el finado la espera en el otro mundo para comer pasteles todos juntos eternamente. Esa es todavía su baraja.

Manuel Vicent, escritor.-

La democracia. el velo y la tolerancia

Ayer me encontré con este artículo de Amelia Valcárcel, tan vinculada a Asturias, y con la que tuve una breve relación telefónica hace varios años, cuando intenté organizar un ciclo de conferencias con el título “Mujer y Discapacidad”. Recuerdo de aquello que sólo pudimos traer a Pilar Gómez Acebo, que dio una charla “terrible” en la que confensó ante el auditorio que ella había tenido el valor de quitarle el arma a un guardaespaldas de Mario Conde, cosa que, evidentemente, ni era el comentario más apropiado ni venía a cuento. Impresentable. Sentí vergüenza ajena.
Luego vino el turno de Cristina Alberdi, poco formal y de poco fiar -por emplear expresiones de baja intensidad-, que confirmó su asistencia y me dejó plantado (a mí y a todos los que la esperaban en el Centro Social de la Fábrica del Gas) en el aeropuerto de Asturias con un “lo siento, he perdido el avión”… Y hasta hoy; porque ni volvió a llamar para preguntar cómo habíamos deshecho el entuerto que ella había provocado, tras habernos obligado previamente a cambiar la fecha prevista para su intervención una vez que ya teníamos toda la cartelería distribuída.
Amelia Valcárcel, tan criticada por unos, unas, otros y otras, siempre descolgó el teléfono y me atendió. En aquel tiempo luchaba por la Cátedra de la que tantas veces se había visto privada; y al final no pudo intervenir gracias al éxito consechado por las dos damas a que acabo de referirme, que con su presencia y ausencia respectivas acabaron con mis ganas de dar una persepectiva de género a la realidad de la desventaja intelectual. Luego volví a encontrármela en la Casa del Pueblo, cuando le dieron el premio Purificación Tomás.
Leo sus escritos periódicamente; y este que traigo aquí me ha parecido de gran interés. Espero que mi impresión sea compartida.
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Hasta hace poco el conocimiento que teníamos del multiculturalismo se reducía a la oferta gastronómica. Muchos de nosotros somos multiculturalistas activos por la parte del estómago. Nos gusta comer hindú, chino, marroquí, griego, tai y amerindio. Como alrededor de una mesa bien provista la gente tiende a entenderse, podemos llegar a pensar que la democracia es también esa gran mesa donde se sirven sin tasa derechos, libertades y oportunidades. Pero resulta que hay códigos alimentarios distintos y también gentes que rechazan algunos de los platos morales y políticos de la democracia.
El multiculturalismo es una ideología ampliamente aceptada. Procede del elogio de la diferencia. Su fondo es que cada uno y cada grupo posee características propias que enriquecen al conjunto. Por lo mismo no cabe impedir ninguna de ellas. Como a la vez nuestra ontología actual es individualista, a este aceptar todo sólo le ponemos una condición: que nadie sea obligado a hacer algo que no desee. Pero si una práctica no compartida cuenta con el asentimiento de quien la realiza se supone que debemos darla por buena.
Una niña quiere ponerse velo para estar en su casa. A nadie se le ocurriría afeárselo. Lo privado es privado. Cada quien en su privacidad es monarca. También quiere usarlo para ir por la calle. Consecuencia: la ciudad presentará más variedad cosmopolita. Para ir a la escuela. Aparece el límite y se produce el problema.
Se supone que la educación prima; es un derecho constitucional. Y existe además un implícito: que se eduque la niña con pañoleta para que luego pueda quitársela si quiere. Lo segundo es, como poco, impredecible. Lo primero una incongruencia con otros principios igualmente respetables en nuestra convivencia. Si esa pañoleta es un signo religioso, está de más en un espacio público. Porque las religiones son incompatibles surgió la primera forma de la idea de tolerancia. Holanda en el siglo XVII consagró el principio de que “cada ciudadano debe ser libre de observar su religión y que nadie puede ser molestado o interrogado por causa de su culto”. Esto es, el Estado se hacía superior a las religiones y las declaraba privadas. El Estado aseguraba que las haría convivir sin que entre ellas se agredieran; en espacios distintos, naturalmente. Impedía el fundamentalismo.
Porque no es fundamentalismo creer mucho y con gran vehemencia lo que uno crea, sino pensar que la religión es una verdad tan perfecta que debe organizar el mundo completo, incluida la política. Es más, que la religión es mejor, de más calidad que cualquier otro espacio común. El fundamentalismo quiere organizar toda vida y convivencia.
La democracia ha ido inventando y trazando una larga serie de normas y valores comunes que son obligados para mantener la eficiencia y el civismo. La educación, que es deber del Estado proporcionar y derecho de todo ciudadano y ciudadana adquirir, también es en los últimos tiempos una obligación: las familias pueden ser vigiladas por el Estado para que cumplan con ella, hasta el punto de que a quienes no escolarizaran a sus hijos, incluso se les podría quitar nada menos que la tutela de ellos. Ni algo tan fuerte como que mis hijos son mis hijos está fuera del alcance de esa instancia común y los poderes que le hemos dado.
Como el Estado no apoya a ninguna religión, sino que las protege a todas, en sus espacios, los públicos, incluidos los educativos, no debe haber signos religiosos. Nos parecería raro y hasta enfermo que un alumno insistiera en portar un crucifijo -de tamaño, pongamos, de una cabeza humana-, posarlo en su pupitre y procesionarlo durante los recreos. Puede hacer eso, si lo tiene por gusto, en privado, o en su templo. Los espacios definidos como públicos, en los que por ende se transmiten los valores que hacen posible la convivencia plural, no deben ser espacios de contienda. El Estado tiene, por deber de tolerancia, la obligación de mantenerlos libres de prácticas sectarias.
Pero si esa pañoleta es además una marca sobre la moral particular que deben seguir las mujeres, una marca a su vez privativa de unas creencias particulares, está fuera de cuestión darle legitimidad. La igualdad entre los sexos es principio constitucional de la mayor envergadura. No se tolerará la discriminación contra las mujeres. ¡Pero la niña quiere serlo! Su padre también acuerda. Y su comunidad de encuadre. Su religión y su cultura le marcan un papel porque es mujer, con el que ella y los suyos están de acuerdo. Ella es un ser con deberes especiales, la decencia sexual y la obediencia que significa de ese modo. Pues bien, podemos ir a comer la comida del vecino, pero difícilmente podemos creer, de vez en cuando, lo que cree el vecino; aquí no hay caso de alegría por la diferencia. Cuanto más que la libertad actual de las mujeres se ha construido al abolir tales marcas.
En fin, la libertad individual no es ni puede ser el fundamento para una conducta que se tuvo que abandonar a fin de construirla; en nuestro caso la libertad ha sido la consecuencia del rechazo de ese injusto y arcaico orden.
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La sombra del velo

Ha sido esta mañana, cuando me he puesto a releer el artículo que transcribo a continuación, que me he percatado de que la palabra “parón”, que aparece en el primer párrafo, me sonaba rara. No la encuentro en el diccionario. Así que no sé si es que yo soy muy purista -no creo que esté en condiciones de serlo, la verdad- o, simplemente, si al Diccionario de la Real Academia le hacen falta más cocciones e inmersiones en la realidad cotidiana del lenguaje.
Sea como fuere vuelvo a traer a mi hueco de transparencias un artículo ajeno, otra vez de Ramoneda, que hace referencia a algo sobre lo que me apetecía escribir.
No es el texto que reproduzco algo que me satisfaga plenamente; tampoco estoy exactamente de acuerdo con lo que dice. Pero por contra sí me parece que aporta ideas y planteamientos sencillos y útiles para dar algún primer paso.
Durante los días en que se sucedió la pequeña polémica sobre el velo de la niña que asistía a un colegio dependiente de la Generalitat de Catalunya, lo que más me sorprendió fue la posición del delegado que tienen en aquel país los militantes del Partido Popular. Velo no. Hasta ahí, bien. Crucifijo, sí: es lo nuestro, es nuestra cultura. Otro que no ha entendido nada o que sólo entiende lo de siempre.
Así que dado que la tónica del malentendido es algo habitual en esta tórrida casa de locos, aquí dejo a los lectores a la sombra del velo: Buen día. Buen y laico día.
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A la sombra del velo.
El largo parón que fue para España la dictadura de Franco provocó que entráramos con retraso en debates que nuestros vecinos ya habían hecho con anterioridad. Pero no por ello nos los vamos a ahorrar.
El caso de la niña Shaima, a la que las autoridades de su colegio de Girona no dejaban ir a clase con velo, ha puesto en escena un debate que en Francia, por ejemplo, generó cataratas de palabras y diversas acciones legislativas. ¿Qué hay que hacer con el velo?
En España no hay legislación alguna que admita o prohíba explícitamente que las alumnas acudan a clase con el velo. La laicidad no es cultura compartida en un país en que gran parte de la derecha la rechaza. Y, sin embargo, como el propio Nicolas Sarkozy dejó muy claro en su carta a los profesores de Francia, la laicidad debe ser la base de cualquier sistema educativo democrático e integrador. Malamente se puede prohibir el velo si no están prohibidos los crucifijos o las medallas. En cualquier caso, si hay que elegir entre el velo y la escolarización de la niña, para mí no hay ninguna duda de que debe primar que Shaima vaya a la escuela. Entre otras cosas porque es el mejor camino para que un día ella, por su cuenta y riesgo, pueda decidir dejar el velo en casa. ¿O no debería ser el ideal de toda escuela conseguir la emancipación de los alumnos: que cada cual sea capaz de pensar y decidir por sí mismo, sin contar ni con sus padres, ni con sus maestros, ni con nadie?
Pero la peor señal que este conflicto ha dado no está, por lo general, en el titular de las informaciones, sino en la letra pequeña: la niña había sido repetidamente humillada y ridiculizada por sus compañeros de clase. O sea, que la calificación es baja en educación para la convivencia. Tomen nota los que atacan con furia de restauración religiosa la asignatura de Educación para la Ciudadanía.
Como casi todos los problemas de convivencia, la cuestión del velo no se puede afrontar con simplismos de blanco y negro. Por el principio de libertad de expresión, el derecho más decisivo en democracia, cuesta mucho decir simple y llanamente: “No al velo”. Y más en un país que sale de una larga historia de intolerancia religiosa y de monopolio del mercado de las almas por parte de la Iglesia católica. Pero es indudable que el velo no es inocente: que lleva la marca de la sumisión de la mujer. Y este factor no puede dejar de tenerse en cuenta. El discurso multiculturalista otorga carácter fundamental a las peculiaridades de una cultura o tradición. Siempre me ha parecido un monumental disparate. El derecho a la libertad religiosa y cultural no puede ser un factor de impunidad. Hay unos valores mínimos de la convivencia democrática que nadie puede saltarse en nombre de la superioridad de lo primordial. Humillar a una mujer es un delito, con o sin mantilla, con o sin velo. Los discursos bien intencionados tipo alianza de las civilizaciones, además de ineficaces, porque se equivocan de aliados, sólo sirven para confundir. La religión ni es el determinante principal de nuestras identidades, ni puede tener privilegio alguno respecto a las demás ideologías o creencias, ni puede tener carácter normativo en una sociedad libre.
Por eso son reveladoras algunas reacciones conservadoras que se han oído estos días. El democristiano Duran i Lleida teme al velo por miedo a que “la cultura propia pierda su identidad”, y el popular Daniel Sirera se muestra contrario al velo porque hay que proteger “las tradiciones y culturas propias”. A esto se le llama ver la paja multiculturalista en el ojo ajeno y no darse cuenta de la viga que está dejando sin visión al propio. La crítica al multiculturalismo debería empezar por uno mismo. Porque si rechazamos que las tradiciones y los hábitos culturales puedan imponerse a las leyes y las reglas del juego de la sociedad, este criterio debe valer para todos nosotros. No sólo para los otros.
Precisamente, la máquina multicultural de la fragmentación se pone en marcha cuando un grupo, mayoritario o no, en vez de buscar un marco legal compartido de cumplimiento obligatorio pretende imponer sus verdades y obligaciones a los demás, sin reconocerles derecho alguno. Lo decía el capón a la gallina en un diálogo de Voltaire: “Los humanos no tienen ningún remordimiento de hacer las cosas que tienen costumbre de hacer”. La sombra del velo es alargada.
Josep Ramoneda
Diario El País, día 8 de octubre de 2007

Comunicado del Gran Oriente de Francia

COMUNICADO


El diario Le Monde del martes 11 de septiembre señalaba que en Sibiu, Rumanía, durante el Encuentro ecuménico europeo que se celebró entre los días 4 y 9 del corriente, el Presidente de la Comisión, Joao Manuel Durao Barroso, se expresó diciendo: “Si se considera que la política es indisociable de la ética, es necesario escuchar con atención el mensaje de las religiones”. En el mismo instante, en Viena, el Papa Benedicto XVI hacía un llamamiento a “…no renegar de los valores cristianos de Europa”.
En estas circunstancias, el Gran Oriente de Francia quiere subrayar que si la cristiandad en Europa ha sido algo único, en este momento no es esta la sola religión practicada; y que “los valores cristianos de Europa” no pueden ser tomados como normas comunes para todos los hombres y mujeres que la habitan.
De otra parte, el Gran Oriente de Francia recuerda que una parte importante de la población no se identifica con ninguna religión, y que la libertad absoluta de conciencia es un derecho imprescriptible de la ciudadanía europea.
La ética no tiene un fundamento únicamente religioso y los propósitos expresados auguran una mala evolución del laicismo en Europa.
Finalmente, lo sucedido da pie a recordar que el laicismo es el garante de la paz civil y moral, y que al querer apropiarse de ciertos valores, las religiones -particularmente la católica bajo la dirección de su jerarquía actual- se arriesgan gravemente a vovler a encender conflictos y provocar exclusiones que se creían ya encerradas en las mazmorras de la Historia.

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